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De Quimeras y Ensoñaciones

Soñé ser otro.

Jirones de estrellas pincelaban la noche del aquel enigmático edén en un gélido día de principios de diciembre, donde estrellas de artificio, ficticias, coloreadas de destellos y rutilantes trozos de cristal engalanaban la ciudad, que ataviada de luces mostraba sus parabienes a la Natividad, y al transeúnte que caminaba perdido y embriagado de colores y ruidos, de bullicio y prisas, de buscadores de sueño y perdedores de todo y de nada.

Se detuvo delante de una puerta abierta que le invitaba a pasar, a dejar atrás el edén multicolor, la realidad, y a sumirse en la ambivalencia de un nuevo jardín.
Notas de guitarra española en el interior, palmas, jaleo, taconeo, voces roncas y un olé de fiesta, trajes de lunares, peinetas y el olor de sardinas fritas en el aire.
Y un Pinocho futurista le saludó en tecnicolor, y deseó poseer la sombrilla mágica, la que daba sol y no lo tapaba, y la que hacía sentirse a todo el mundo bajo ella de buen humor, si él fuese un dibujo animado sería probablemente fabricante de sombrillas mágicas, pero era una persona humana, soñando, riendo las peripecias del mundo animado infantil en pantalla gigante.

Despertó cuando alguien le sacudía leve, pero insistentemente el hombro. Se había quedado dormido en el cine, uf, ¿había soñado con Pinocho ó era la película que habían ido a ver, ó quizá fuese una de baile flamenco?, era insólito, la cosa más extravagante, era un insomne sin solución de continuidad, un insomne perdido, que transcurría las noche de insomnio mirando la luna sentado en el porche pidiéndole deseos a las estrella fugaces. Se disculpó y salió a la realidad de la noche, tenebrosa, solitaria y a la vez bullangera, animosa, llena de rostros desconocidos y de luces en lo alto que guiñaban los ojos e impedían ver las fugaces y a las cuales no podías pedir deseos.
Esa noche descubrió una nueva estrella en el cielo en la constelación de Orión que nunca había visto, tan lejos, inalcanzable, ¿Porqué le sugestionaban tanto las estrellas?.

Regresó a su cine recién descubierto, a su lado, un niño de ojos inquietos jugaba a pistoleros, a matar a los malos sobre la pantalla fundida en blanco y le llamó papá, y al otro lado, una mujer sonriente le miraba enamorada mientras le tendía una bolsa de palomitas y le decía “prometo no despertarte hasta el final si vuelves a quedarte dormido” . Las luces se apagaron, se hizo el silencio entre los butacones, sintió la caricia de dos manos, una pequeña y otra suave y sintió que la verdadera magia estaba sentado con él a su lado.
La protagonista del film era increíble, una heroína de cuento de hadas, más sin parangón alguno con su mujer, una diva tan irreal a veces, tan dulce y comprensible, que creyó que estaría soñando.

De pronto, una bala le atravesó el pecho, muy cerca del corazón, oyó gritos, sintió dolor, sangre, ojos nublados, y entre la bruma la vio a ella, la heroína del cuento de hadas que valiente y arrogante arrancaba jirones de su falda y se empapaban a borbotones de sangre, ¡ Se manchaban de su sangre ¡

- Papá, despierta, la peli ya ha terminado.
Su mujer meció suavemente para terminar de despertarle, le guiño un ojo, le tomó de la mano, le atusó el pelo y salieron del cine.

Esa noche, después de hacer el amor, salió a mirar las estrellas y al rato observó una grande, después otra y otra y otra, cienes de estrellas fugaces serpenteaban allá arriba jugando a desaparecer y pidió un deseo, deseó seguir eternamente así, teniéndoles a ellos dos, a su mujer y a su hijo, together for ever, together for ever. Lo hizo cerrando los ojos. ¿Habría cruzado una estrella fugaz el cielo en ese momento? . Con los ojos cerrados no lo supo, pero al abrirlos seguían allí, zigzagueando, apareciendo de la nada para volver a la nada de nuevo.
Una lluvia de polvo estelar procedente de la cola de un cometa, dijeron los medios, pero él sabía que una de esas estrellas había recibido su deseo.
Su mujer apenas se movió cuando él se arrebujó entre las sábanas. Esa noche vencería al insomnio. Y lo hizo sin necesidad de ayuda complementaria, Morfeo apareció sin más, y el duende de los sueños se instaló a contarle batallas, soñó que regresaba al cine, soñó que era el protagonista de la película, soñó que acababa de abrir los ojos, que llevaba puesto un vendaje ensangrentado sobre su torso desnudo, tumbado en un camastro. Había mucha gente a su alrededor, soldados vestidos de uniforme que le llamaban teniente y en cuyos rostros reconocía a sus hombres, aquellos que habían hecho posible ganar la batalla, y un hombre vestido de blanco le terminaba de colocar los vendajes sobre el pecho, que seguía coloreado de grana, a continuación todos se apartaron de su lado y en un susurro oyó comentar “No podemos detener la hemorragia”, y fue cuando la vio, a la heroína del cuento de hadas, aproximarse, sentarse junto a su camastro, agarrarle la mano con fuerzas y apoyar su mejilla sobre la suya, mientras le comía a besos.
Las fuerzas se le iban con cada hilito de sangre.
Miró a los ojos de aquella mujer de película y vio en ellos la lluvia de estrellas fugaces.

Entonces lo entendió todo.

Él era real, él era el protagonista de la película, y él se estaba muriendo, no estaba soñando, no era un sueño, era auténtico, existía como ente real. Y fue cuando comprendió que durante su convalecencia en aquel hospital de campaña había estado soñando con un extraño mundo donde engalanaban las ciudades de luces para recibir la Navidad y había soñado con una mujer hermosa y un hijo y una casa con porche desde donde contemplaba las estrellas.
¡Que sueños más extraños! Y fueron tan reales que por un momento le hubiese gustado verlos hecho realidad, pero sabía que ya no era posible, que moriría allí mismo besando los labios de aquella mujer sin parangón alguno con la mujer de sus sueños.

Su último recuerdo fue el fundido a negro de la pantalla gigante del cine mientras una música de violines despedía la noche y él y la mujer de estrellas en los ojos se desvanecían esparcidos entre los recuerdos y las lágrimas de otra mujer, que en la fila nueve tomaba de la mano a un niño mientras despertaba suavemente a un bello durmiente.

Julio Cortazar escribió un cuento, la noche boca arriba, en la cual un personaje sueña un sueño, pero el sueño es lo real y la aparente realidad era el sueño en sí.
Acá en mi relato la realidad es que el protagonista de una película es herido de muerte y en su convalecencia sueña con un mundo raro donde tiene familia y es feliz y engalanan las calles con luces , así pues, lo real termina al terminar la película y morir su protagonista y con él también sus sueños irreales.
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1 comentario

white -

realidad o ficción, ficción o realidad, ¿quien nos dice a nosotros que no somos el sueño de un durmiente que vive en otra realidad?